Secreta
Lucila Cornejo
Editorial Vinciguerra, 2017
Novela, 360 pp.
por Rubén Sacchi
La autora se mueve en el mismo ambiente que en su anterior novela, Descalza, de lo que puede deducirse que se siente cómoda en ese mar amniótico que es la clase acomodada donde los seres humanos sufren iguales disyuntivas existenciales, con la diferencia de que no todos disponen de tiempo y recursos para atenderlas.
Mercedes, la protagonista, es una mujer adulta pero joven, en la que se manifiestan rasgos de lo más desagradables: egoísmo, ambición y ansias de poder. Si define al país, adhiere a las palabras de su madre: “estamos así porque en el fondo nadie quiere trabajar”. Por lo demás, derrocha un aire discriminador a cada paso, evidenciando una estética que privilegia a los “lindos” que, obviamente, son rubios y un doble estándar en el que el jefe con la secretaria es un viejo verde, pero no así el polista con la pequeña adolescente.
Su ideal de vida se vino en picada desde que su marido la abandonó con la hermana de su mejor amiga y un par de bebés mellizos, sin que mediara música de tango. A partir de allí, y tras la pérdida de su empleo, encuentra asidero económico en un misterioso personaje, mezcla de galán y cafishio, que la maneja a tiempo completo a cambio de muy buena paga, empleo que no dejaría “ni siquiera por sus hijos”.
Bajo el lema “A los ricos, el deber de lo bello, si no, merecen morir”, desea el mundo como un lugar “más estético” sin aclarar desde qué parámetros, hasta que se da cuenta que ese escenario es de “cartón pintado”. Mediante ese clic y tras una serie de fuertes acontecimientos, hay un giro en su pensamiento que busca una alternativa a su vieja visión de “todo a fin de cuentas en esta vida es negociable”.
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Descalza
DescalzaLucila Cornejo
Editorial Vinciguerra, 2014
Novela, 368 pp.
por Rubén Sacchi
Leer Descalza nos retrotrae a aquellas viejas novelas "del corazón", claro que con un lenguaje y un ritmo más actuales. Una familia burguesa, con conflictos burgueses y resoluciones acordes.
Nada escapa al cliché de la definición: pareja acomodada, dos hijos (una pequeña y un varón que juega rugby en Nordelta) y, obviamente, la mucama. El es un exitoso hombre de negocios que se relaja en el golf; ella, un ama de casa insatisfecha, aún en su barrio privado de la zona norte del Gran Buenos Aires, con su paseador de perros, su jardinero, su piletero y un auto para moverse a su antojo. Su pasado es coherente con su actualidad: facultad privada y pocos pero distinguidos novios.
En ese contexto, encuentra un viejo amor. Una especie de gurú posmoderno -que alterna el yoga con la marihuana, la comida gourmet y un piso en Palermo Hollywood- que, a las claras, no será su salvavidas sino el desencadenante que le permitirá un cambio de vida.
Desconozco cuánto de Victoria, la protagonista, hay en Lucila Cornejo, pero debo decir que logró una caracterización del personaje impecable. Los rasgos propios de la posición: el prejuicio de superioridad con la sirvienta, su falta de solidaridad y cierto progresismo cómodo pivotean en su marcado egoísmo. La historia no plantea una ruptura de clase al mejor estilo de Pasolini, tampoco una salida del tipo tragedia shakesperiana, sino que ilustra acerca del laberinto de vivir en un proyecto ajeno para romper con él y entrar en otro de similares características.
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