La extraviada

La extraviada
de Alejandro Viola
Sala Siranush
Armenia 1353, CABA
Domingos, 19:30 hs

por Rubén Sacchi

Si, como reza el programa de la obra en palabras de Víctor Hugo, "lo sublime es una combinación de lo bello y lo grotesco", de la mixtura entre drama y comedia se obtiene un atractivo resultado, siempre que las cantidades se mezclen en las proporciones adecuadas, tal como ocurre en el caso de La extraviada.
La obra recrea un ambiente laboral para-artístico, donde hace falta mucha habilidad y precisión pero no se requiere un especial talento. La creatividad deja paso a lo rutinario y lo cotidiano hierve en su propio caldo, dando como resultado un brebaje peligroso.


Mientras en el escenario de un viejo teatro estatal se suceden las arias de La traviata, de Giuseppe Verdi, un grupo de vestuaristas trabajan preparando los atuendos que lucirán los actores. Ese mundo es demasiado pequeño, pero es su mundo. Allí están sus expectativas laborales y también las sentimentales.
La atmósfera es densa y, vaya figura, se corta con una tijera. Las tijeras son el instrumento que representa su vida, pero también su muerte. La soledad y la insatisfacción serán otro condimento y la traición la frutilla del postre.
El desempeño actoral es parejo y de gran nivel, con capacidad para alternar lo cómico y lo trágico sin romper el clima. La puesta propone dos piezas en una. Por un lado, el relato de los trabajadores, sus expectativas y miserias; por el otro, una exhibición operística de alto vuelo que reproduce, en vivo, algunos pasajes de la memorable ópera, en el 160º aniversario de su estreno en París y cuando su autor cumpliría dos siglos.
Junto a una escenografía y vestuario al mejor estilo del teatro clásico, la iluminación divide las historias unidas por el hilván de la majestuosa música de Verdi. Gran apuesta de Alejandro Viola y, aunque distante, con varios puntos de encuentro con las puestas de sus míticos Amados.



Elenco:
Rodolfo: Carlos Moreno
Olga: Alicia Muxo
Zulema: Vivian el Jaber
Marcelo: Ariel Gangemi
Graciela: Alejandra Ríos

Cantantes líricos:
Violeta Valéry: Natalia Raselli
Alfredo Germond: Santiago Sirur

Pianista: Santiago Rosso

Equipo:
Diseño de escenografía y vestuario: Cristina Villamor
Realización de vestuario: Lisandro Trevi
Realización de escenografía: Majo Crivella y Marina Apollonio
Puesta de luces: Gustavo Dimas
Operador de luces: José Luis Calvo
Diseño de sonido: Santi Lesca
Operador de sonido: Akio Takata
Diseño gráfico: Silvia Balsi
Prensa: Duche&Zárate
Producción: Equipo La extraviada/Sala Siranush
Asistente de producción: Valeria Leiva
Dramaturgia y dirección: Alejandro Viola

Matate, amor

Matate, amor
Ariana Harwicz
Paradiso Ediciones, 2012
Novela, 112 pp.

por Rubén Sacchi

En La vida nueva, el Premio Nobel turco Orhan Pamuk cuenta la historia de dos jóvenes, unidos por un extraño libro, que recorren el país en ómnibus, esperanzados en sufrir accidentes de tránsito. Por su parte, el cineasta canadiense David Cronenberg describe, en su film Crash, la obsesión de un grupo de muchachos por estrellar sus coches y resultar heridos en ese trance. Esos dos antecedentes vinieron a mi memoria al leer la novela de Ariana Harwicz, una historia de autodestrucción, y locura.
“...el sol que calienta la palma de mi mano me dio la impresión de llevar un cuchillo con el que iba a desangrarme de un corte ágil en la yugular”. Este comienzo marca la conducta constante de la protagonista, que pareciera llegar a ese punto debido a la insatisfacción permanente de su vida, que no alcanza a mitigarse con una familia, ni con el paisaje bucólico que la rodea. Tampoco el pequeño bebé de ambos le produce la ternura que contrarreste la violencia que la invade. En ese contexto sólo el sexo, como algo instintivo y animal, puede sosegarla.
Una pluma excelente que trabaja de maravillas el diálogo interior y la psicología de los personajes.

Escuela de marionetas

Escuela de marionetas
Luis Cano
Libro Disociado Editores, 2012
Teatro, 496 pp.

por Rubén Sacchi

En los últimos años tuve la suerte de presenciar diversos trabajos del dramaturgo Luis Cano. Todos maravillosos, ninguno de esa clara sencillez a la que nos acostumbra el teatro tradicional. Su obra trae a mi mente viejos ensayos de Antonin Artaud y su frase: “Parece que en ella se hubiese concentrado un drama de alta importancia intelectual, como una repentina concentración de nubes que el viento, o una fatalidad mucho más directa, ha reunido para que midan sus truenos”.
Supongo que no es una asociación demasiado subjetiva, ya que el autor confiesa sentirse identificado con la figura y la obra del irlandés Samuel Beckett y, tanto éste como aquel, trabajaron sobre el teatro como algo vivo, experimentando nuevas formas y estéticas.
Y las piezas de Cano respiran un aire propio, lo demuestran los escritos compilados en este volumen, que incluye varias obras y algunos textos poéticos de profunda intensidad.
Sus trabajos interpelan la existencia y su propuesta es ambiciosa: “Escribo para insistir, para seguir preguntando. También puedo decir que escribo para no olvidar algo. Tomo notas, escribo para recordar”

Pies de lana II y III

Pies de lana II y III
Norma Francomano
Ediciones Uñum Hue, 2012
Novela, 150 pp.

por Rubén Sacchi

Oscar Wilde escribió que: "Los seres humanos no solamente destruyen lo que aman, sino que sobre todo aman lo que los destruye", y esa es una posible explicación para comprender el comportamiento de la especie que, en Pies de lana, lo lleva casi a su desaparición, provocándole una serie de cambios biológicos y organizativos para lograr su supervivencia.
Convirtiendo la historia en una saga, este segundo libro de la serie parece concluirla incluyendo su segunda y tercera entregas y viene a cerrar el final abierto en la primera.
El mundo, poco a poco, regresa a su cauce y el futuro permite vislumbrar, entre las ruinas de la debacle, un lugar propicio para vivir. Claro que el dinero y las armas, emblemas mismos del desastre, aún proyectan su sombra sobre la nueva raza.
Bien escrita y de trama atrapante, Francomano vislumbra, a través de la utopía un ideal de vida, quizás un tanto naif, ya que imagina una única ideología que surgiría de la confluencia de las tendencias de derecha e izquierda, algo así como los planteos, ya rebatidos en la práctica, del posmoderno Francis
Fukuyama.

La mancha de los adioses

La mancha de los adioses
Isabel Steinberg
Paradiso Ediciones, 2012
Novela, 80 pp.

por Rubén Sacchi

La historia comienza en 1975, año emblemático para los luchadores populares; punto de inflexión entre los
sueños de una Patria Socialista y la dictadura asesina. Bisagra que pivotea en las acciones represivas de la Triple A y otros grupos parapoliciales que, desde las sombras del gobierno, ejercían la represión.
El cementerio judío de La Tablada es el telón de fondo donde David, un militante del PRT-ERP, es inhumado y el hecho, un disparador en la mente de Elvira, su compañera embarazada que carga la convicción de “que ella ya estaría siempre un poco muerta con él. O sea sin él”.
En adelante, un deambular genealógico por la memoria. La dureza con la que su familia, judía sefaradí, debió sortear la inmigración y los años de vida en un conventillo porteño, para volver a 1905 y el fracaso revolucionario de lo que Vladimir Lenin consideró el “ensayo general” de la Revolución Rusa.
El libro, que toma como eje un hecho real de nuestra historia reciente, intenta un acto de justicia, que recuerda la canción de León Gieco: “si un traidor puede más que unos cuántos/ que esos cuantos no lo olviden fácilmente”.

Poesía bajo la autopista

Poesía bajo la autopista
Antología poética
Clara Beter Ediciones, 2012
Poesía, 144 pp.

por Rubén Sacchi

Podrá discutirse la importancia o utilidad de las autopistas, pero las de la Ciudad de Buenos Aires nos recuerdan las páginas más negras de nuestra historia reciente. Construídas en medio de un gran negociado, fueron útiles para que los grupos de tareas recorrieran velozmente la geografía ciudadana. Incluso, a su vera, funcionó el Centro Clandestino de Detención Club Atlético. Por eso, la importancia simbólica que cobra la presencia de la poesía en su ámbito, bajo ese bloque impersonal de cemento.
La antología que nos ocupa, idea de Gito Minore, reúne 23 poetas de los que, jueves a jueves, a lo largo del año, se dieron cita en el Centro Cultural La Imaginería, que el poeta dirige y formaron parte del tercer ciclo de poesía que él orienta, luego de Poesía en el Umbral y En La Libre, Poesía.
Centro Cultural versus Centro Clandestino: contrapunto y debate imprescindibles donde tercia esta antología y en el que los artistas deben intervenir de manera decidida.
Poesía bajo la autopista, en definitiva, resulta mucho más que un libro, es un acto militante de la cultura y de la memoria.

Sonomama

Sonomama
Néstor Cheb Terrab
Viajera Editorial, 2012
Poesía, 200 pp.

por Rubén Sacchi

Sonomama: no hacer ni pensar, ser. Ese es el significado que en sánscrito o en japonés se obtiene de la palabra. Sin embargo, el libro muestra una exploración constante del idioma, un jugar con las palabras, estirarlas, truncarlas, invertirlas, inventarlas.
Su poética, colmada de imágenes y referencias, más que al hermetismo, nos remite a un estado onírico o bien bajo el dominio del subconciente que recuerda el proceso de escritura surrealista, casi confeso en “descalzo de fronteras/ (...)/ atravieso la puerta de sigmund”.
Hay en la obra del poeta una clara búsqueda de su yo: “sueños/ que se
repiten/ hombres rebuscan el odot”
. La alusión constante al Sion, antigua fortaleza conquistada por el rey David, representa además la utopía de la paz y la libertad, pero también una clara referencia a su origen, que explicita en: “mis sueños/ en el paso adecuado/ despiertan conmigo/ persuadido por la tijera/ que cortó el prepucio”.
Los poemas sostienen la memoria en un estado de alerta constante, cotidiano: “observar protege/ un olvido que espera”, y llevan a pensar que Sonomama es a Cheb Terrab como Rosebud a Citizen Kane.

El partener

El partener
De Mauricio Kartun
Teatro Del Pueblo: Av. Roque Sáenz Peña 943, CABA
Funciones: viernes a las 21 y sábados a las 22.30
Duración: 80'

por Rubén Sacchi

Un pueblito perdido en esa maraña de rutas y caminos que es el interior de la provincia de Buenos Aires, lugares que la mística construye como ansiados paraísos, pero la realidad de los lugareños como infiernos difíciles de abandonar. Allí no pasa nada, a excepción de la peña: evento social que se espera con ansiedad, aunque no modifique la chatura reinante.



A ese paraje, dejado de la mano de Dios, llega Pacheco, un recitador criollo que huye de demasiadas cosas: cuentas pendientes de todo tipo, su hijo y hasta de su propia historia. No obstante, su vástago es hueso difícil de roer y sabe dar con su osamenta que, en este caso, descansa en un cuartucho del bodegón donde cambia arte por hospedaje y sexo por comida.
Su arribo no es bien recibido, pero el muchacho, que se crió a su sombra, aprendió a ser su partener y no concibe su vida desde otro lugar. Difícil será volver a deshacerse de él. Mientras, la aparición de una tercera figura, la profesora de danzas Nydia, una joven frustrada que deja sus mejores años al lado de un padre hemipléjico, cruel y manejador, dará un giro insospechado al relato y significará el punto de ruptura que el joven necesita para crecer, mientras el padre permanece en una permanente inmadurez que se insinúa sin remedio posible.
La historia es una más de las tantas que se suceden a diario en pensiones y hoteluchos para viajantes, pero la magia de Mauricio Kartun la motoriza para exponer las difíciles relaciones familiares, sus afectos y omisiones. También pincela con maestría el clima reinante en esos poblados, tan cerrados en sí mismos y en sus tradiciones y, aunque ansiosos de algo nuevo, ariscos a los cambios; esos sitios donde el tiempo parece no transcurrir y el día y la noche conforman una línea contínua que se repite hasta el cansancio.
El género de comedia dramática permite reirnos de situaciones terribles, sin dejar de conmover con una gran dosis de ternura que, a su manera, transmite cada uno de los personajes maravillosamente interpretados.
La destacada dirección de Manuel Vicente y un equipo técnico al pie del cañón complementan un paquete digno de desatar y disfrutar.

Elenco:

Juan Palomino: Pacheco
Ana Yovino: Nydia
Rodrigo Alvarez: Nico

Equipo:

Coreografía: Mara Linari
Diseño de sonido: Araceli Matus
Diseño de luces: Gonzalo Córdova
Escenografía y vestuario: Mariana Tirantte
Operación técnica: Nayla Perisse
Asistente de dirección: Alan Darling
Fotos: Male & Dapa
Prensa: Duche&Zarate
Producción: Cristina Fridman
Dirección: Manuel Vicente

La noche del ángel

La noche del ángel 
de Furio Bordon 
Teatro Picadero
Pasaje Discépolo 1857, CABA
Domingos 18.30 hs.; lunes 21 hs.

por Rubén Sacchi 

El ego, esa fuerza que, según algunas teorías del psicoanálisis, dismunuye durante el proceso creativo, parece regresar con renovados bríos después de concluído éste y cuando la obra tomó estado público. De ese estigma adolece el padre (Federico Luppi) que vive atesorando glorias pasadas y a quien encuentra la hija en su departamento, practicando una obra. Una corona ciñe su cabeza, él la interroga acerca de qué rey representa. Luego de un intercambio, el padre se aleja murmurando que él hubiera preferido a Lear. La cita no es inocente ya que parece interpelar su propia relación filial.


A partir de allí, toda una catarata de emociones se exponen y reprimen. El incesto y el fantasma de Edipo sobrevuela la estancia y se pone en tela de juicio el rol de la sociedad respecto al cuidado de su niñez y adolescencia.
La noche del ángel, metaforiza lo que aún no se ha manchado, lo puro, eso que en este mundo hostil no tiene futuro alguno. Pese a su caída su ánima atina el retorno y, en un alegato ejemplar, intenta modificar algo, si no en los hombres, al menos en la vida de Ana y su padre.
La obra transcurre sin alteraciones de escenografía, pero el frecuente movimiento de Ana le da dinamismo al cuadro. La actriz, que supo deslumbrarnos con su dramaturgia en Granos de uva en el paladar, nos muestra aquí que también sabe del oficio sobre las tablas.
Un buen trabajo técnico acompaña al elenco y refuerza el dramatismo que contiene la historia. Interesante obra de Furio Bordón, a quien Luppi está traduciendo y adaptando en otras piezas, para montarlas en los meses venideros.
El dramaturgo, director y novelista italiano Furio Bordon comenzó su carrera como escritor a los 20 años en la RAI. Escribió para teatro, televisión y radio. Entre sus obras se destacan: Querido Elvis, querida Janis, con la cual ganó el premio a mejor pieza teatral del año otorgado por el Instituto de Teatro Italiano, la obra Las últimas lunas con la cual se despediría de los escenarios Marcello Mastroianni poco antes de fallecer en París, y La noche del ángel con la que conquistó los grandes escenarios europeos. Al respecto, Federico Luppi sostiene: “Hace muchos años que leí esta pieza y decidí que quería hacerla; el autor, Furio Bordon siempre me ha resultado de una sensibilidad y un coraje sincero en sus obras. Decidí que este texto y lo que trae a escena merecían la pena ser contados”.


Elenco:

Federico Luppi: El padre
Susana Hornos: Ana 
Nehuen Zapata: El adolescente

Equipo:

Dramaturgia: Furio Bordon
Traducción y adaptación: Federico Luppi
Escenografía y vestuario: Nicolás Nanni
Música: Iván Nilson
Iluminación: Adriana Antonutti
Títere: Gustavo Garabito
Fotografía: Akira Patiño
Peinado: Néstor Burgos
Maquillaje: Estela Cáceres
Diseño Gráfico: Sergio Calvo
Prensa: Marisol Cambre
Producción ejecutiva: Pablo Silva y Susana Hornos
Asistencia: Tony Chávez, Eliana Sánchez
Asistencia de Dirección: Milagros Plaza Díaz
Dirección: Federico Luppi

Pueblos fugaces

Pueblos fugaces
Carlos Aprea
Libros de la Talita Dorada, 2012
Poesía, 76 pp.

por Rubén Sacchi

Definir el libro de Carlos Aprea como una bitácora o un cuaderno de viaje sería incompleto. Tampoco decir que es una suma de postales del interior más profundo de nuestra tierra. Lo que el libro nos presenta es un tratado de magia, que sólo se interpreta si se lee con los otros ojos, esos que están detrás de los evidentes.
Cada poema es una geografía, pero de un mapa interior que, quizás en ocasiones, coincide con la hoja que prolijamente trazara un cartógrafo, aunque dotados de suficiente subjetividad como para hacer, de esos sitios, lugares inhallables para otros visitantes.
En la conciencia de ser viajero, el poeta posee los paisajes sin apropiarlos, los hace suyos con la fugacidad del instante que define el título y que reproduce en palabras de Thomas Radcliffe: “Toda maravilla es, por definición, apenas perceptible y pasajera”.
Luego de compartir paisajes y vivencias con habitantes de los más diversos sitios, de aprehender otras cosmovisiones, Pueblos fugaces nos lleva nuevamente a casa, pero con la impresión de que, como cantaba Daniel Viglietti: “Siempre el mundo será ancho, pero ya no será ajeno”.

Habla Clara

Habla Clara
María Pía López
Paradiso Ediciones, 2012
Novela, 112 pp.

por Rubén Sacchi

Un muerto. ¿Suicidio, asesinato, accidente? La instrucción, a manos de la justicia, deberá develarlo. Para ello, cuenta sólo con el testimonio de los vecinos.
Todo ocurre en todas partes y la historia rompe, una y otra vez, el mito de que en algunos barrios nunca pasa nada. Sin embargo, sus moradores mantienen esa actitud de sorpresa, típica del “yo no fui”.
Lo particular de la historia no consiste en ella misma, sino en la manera de narrarse y que alude al título con un juego de palabras: Clara habla, pero su habla no es clara, como tampoco lo es la del resto de los personajes.
Hay un manejo por demás interesante de las formas de expresión. Si bien los personajes habitan un mismo sitio y pertenecen, obviamente con matices, a una misma clase social, sus palabras suenan muy diferentes entre sí, ya sea por cuestiones generacionales o culturales, lo que no puede ser casual en la pluma de una socióloga.
Ahí reside el fundamento del libro, en ese trabajo sobre los actores que vuelven la trama como algo secundario, que plantea problemáticas actuales y puede, sin mella, quedar irresuelta.

Greek

Greek
de Steven Berkoff
Centro Cultural de la Cooperación
Sala González Tuñón
Av. Corrientes 1543, C.A.B.A.
Viernes y sábados, 22:45 hs

por Rubén Sacchi

No son los parajes de la antigua Tebas, tampoco corren los tiempos en que los seres humanos recurren a oráculos,  sacerdotes o pitonisas para vislumbrar su futuro. Greek, contrariamente a su nombre, es la historia de un Edipo londinense, aggiornado hacia fines del siglo XX, cuando la segunda Gran Guerra había terminado y una Europa semidestruída y miserable intentaba levantar cabeza de la mano del capitalismo.


La tragedia de Sófocles gira, en la puesta de Analía Fedra García, alrededor de una mesa y cuatro sillas, prescindiendo de otros elementos que el espectador debe imaginar en complicidad y permitiendo a los actores poner el cuerpo y jugarlo. La economía excede el mobiliario y ocupa a los actores en más de un personaje. Esa aparente escasez, amén de los protagónicos, se sostiene por una interesante utilización de las luces, que refuerza o parcializa sin invadir.
La particular versión de Edipo Rey, apunta a mostrar los valores de una sociedad decadente, donde  racismo y egoísmo son moneda corriente y los hooligans instalan acciones y lenguaje impregnados de violencia. La natural alteración del tiempo y espacio hace que la utilización de flashbacks se asimile con total naturalidad.
Lo particular de la adaptación es la vuelta de rosca acerca de los patrones morales en las distintas generaciones, que atraviesan lo privado y la reivindicación del placer y los sentimientos como derechos inalienables del hombre. Plantea cuestionamientos que proponen un debate amplio en un mundo que, cada vez más, aspira a la universalización de las libertades civiles, como el peso de lo cultural en las relaciones sexuales y la contundencia e importancia de la palabra y su función como arma.
Con maravillosas actuaciones, vale la pena ver esta escatológica y desenfadada propuesta de la vieja tragedia griega.


Elenco:

Ingrid Pelicori: La madre apropiadora, La Esfinge
Horacio Roca: El padre apropiador; El padre biológico.
Martín Urbaneja: Eddy
Roxana Berco: La hermana; La esposa y madre biológica.

Equipo:

Diseño y realización de escenografía y vestuario: Pía Drugueri
Diseño de luces: Marco Pastorino
Asistente de vestuario: Cinthia Benítez
Entrenamiento corporal: Florencia Rapan
Diseño coral de voces: Miguel Angel Pesce
Fotografía: Néstor Barbitta
Comunicación visual: Claudio Medin - Estudio M
Prensa: Duche&Zárate
Traducción: Rafael Spregelburd
Dramaturgia:  Ingrid Pelicori - Analía Fedra García
Asistente de dirección: Marcio Barceló
Dirección: Analía Fedra García

restos de restos

restos de restos
Nicolás Prividera
Libros de la Talita Dorada, 2012
Poesía, 116 pp.

por Rubén Sacchi

Como si hablara por boca de otro, Nicolás Prividera apela a las palabras de Sylvia Plath para abrir su libro: “jamás conseguiré recomponerme del todo,/ unir, pegar tus pedazos, juntarlos como es debido”.
Restos de restos es, primero, el libro de un hijo de desaparecidos, alguien que busca restos, dato no menor al momento de tener en cuenta que, en algún momento su vida sufrió un quiebre, una fragmentación; pero también es el libro de un cineasta, alguien que puede, mediante el montaje, hacer una obra con el descarte de un rodaje.
Su poesía -sería difícil de otra manera- está marcada por los acontecimientos que rodearon su nacimiento y prefiguraron el escenario que dominaría la historia inmediata, aunque sea “el mismo mecanismo de la memoria el que irremediablemente falla”.
Contiene en parábolas la historia del peronismo, desde el 17 de octubre del 45 hasta la Triple A., planteando: “Hay que morir joven y dejar un himno”.
Hay desazón en estos versos, “la historia es una fosa común”, afirma, para concluir: “Dios no ha muerto, agoniza/ en la eternidad y sólo// nos queda/ velarlo”.

Mapas

Mapas
Gabriel Bellomo
Paradiso Ediciones, 2012
Novela, 224 pp.

por Rubén Sacchi

Pocas veces una prosa reviste un carácter tal que se mimetiza con el título que la nombra. Es el caso de Mapas, de Gabriel Bellomo, una historia descripta con la minuciosidad de un cartógrafo. Cada límite e hito en su lugar, los detalles mínimos componiendo la orografía de la historia, como para poder hallar un norte.
Una antropóloga y su padre, fotógrafo, van a recorrer una geografía frágil: la de sus vidas y las relaciones que los unen y separan.
Hay un indagar en el vacío en la obra de Bellomo. En su anterior trabajo, El médano, el personaje sufría una amnesia y transitaba parajes desolados. Aquí, la ceguera progresiva del padre y el entorno hostil del paisaje “¿Qué otra evidencia hay del hombre en esta tierra que la de su muerte?” ubican la historia en un clima semejante.
El libro habla de las cuestiones que se tornan obsesivas, vitales, todas diferentes entre sí, y de los ocultos sentimientos que se enmascaran tras nuetras actitudes aparentes.
Un trabajo notable, que reafirma al autor dentro de una narrativa contemporánea, intimista, que interpela lo más profundo del alma humana.

La tendencia materialista

La tendencia materialista
Comp. V. Kesselman, A. Mazzoni y D. Selci
Paradiso Ediciones, 2012
Poesía, 336 pp.

por Rubén Sacchi

“El que avisa no traiciona”, reza un viejo dicho popular, y eso es lo primero a tener en cuenta al disponerse a leer esta antología. El título es llano, franco. Sin medias tintas.
Hecha la advertencia, no entiendo a quienes se horrorizan ante la evidente ideología de los autores antologados.
¿Están ante una rareza? Más pienso en un desacostumbramiento, pues sucede que, quienes apuestan al fin de la histora, pensaron que los González Tuñón, Tejada Gómez, Neruda o Lima Quintana jamás volverían a enrojecer las páginas de la tierna poesía y, mucho menos, a ser reivindicados en una antología tan meritoria como ­necesaria.
Los compiladores no pretendieron establecer un canon de la década, creo que simplemente, intentaron un muestreo serio -lógicamente arbitrario, como cualquiera- de una franja de la lírica obviada por casi todos los círculos académicos.
Pasajes como: “Edad de piedra. Edad de agua./ El relámpago define la edad/ del futuro. La edad del futuro es/ un esqueleto hecho de relámpagos” ó “Los vecinos no saben tomar té/ leponen leche y azúcar para apagarle/ el gusto asiático. A malaria”, pertenecientes al libro Seudo (Vox, 2000) de Martín Gambarotta, pueden resultar molestos a quienes añoren el viejo colonialismo o ansíen uno nuevo, flamante, libre de ese polvillo sigloveintesco de fines de la primera Gran Guerra.
Los poetas escogidos para este libro son Fabián Casas, Washington Cucurto, Juan Desiderio, Fernanda Laguna, Alejandro Rubio, Martín Gambarotta y Sergio Raimondi. En la introducción podemos leer que los distingue: “La conciencia de que la poesía no tiene que aislarse del mundo práctico y de la época presente”, y creo que siempre es así, salvo que algunos hablan del propio presente y el mundillo que creen personal y exclusivo y otros, más sensibles al entorno, aplican una mirada más amplia.
Una reseña histórica, muy bien documentada, precede esta selección, allí podemos encontrar información acerca de las bases históricas que sustentan a esta generación y el contexto que los enmarca. Así también, de las publicaciones contemporáneas de la corriente y más de una referencia a publicaciones que, quien procure una mayor aproximación, debe necesariamente consultar.

Lado géminis

Lado géminis
Virginia Janza
Viajera Editorial, 2012
Poesía, 152 pp.

por Rubén Sacchi

Géminis, signo zodiacal que representa la dualidad. ¿Cuál es el Lado géminis? La idea propone una suerte de continuidad. Dos mitades componen Géminis pero, si todo éste es un lado, el hecho supone la existencia de otro u otros, que funcionen como opuestos o complementarios.
La poesía de Virginia Janza es arriesgada. Bajo el mito geminiano, expone la diversidad humana y el disenso como alternativa motriz: “el antagonismo nos pareció lo más apropiado/ para ser siempre opuestos/ y de esa forma no/ pertenecernos nunca”.
El libro se divide en cuatro partes, pero unas y otras recurren indefectiblemente a la exploración del yo, “esa ligera sensación de que sabemos algo sobre/ nosotros” o “-tal vez el cuerpo constituya/ algún límite posible-”.
Los dos últimos capítulos indagan en la niñez o en esa dualidad mujer-niña que acompaña al crecimiento, pidiendo “quisiera dormir con la luz prendida” y pensando “que la libertad es cosa de mayores/ y yo sigo siendo tan chiquita”.
Lado Géminis fue engendrado libre, como el desear “parir de uniforme/ manchar la pollera gris (...)/ con todos los líquidos que anuncian la vida”.

Brazos de ningún vacío

Brazos de ningún vacío
María Chemes
Paradiso Ediciones, 2012
Poesía, 64 pp.

por Rubén Sacchi

El libro de María Chemes intenta contener, en el hueco que forman los brazos en el gesto de abarcar, la totalidad de un recuerdo, esa presencia subjetiva que da sentido al título, negando rotundamente la hoquedad. Sin embargo, la falta del ser amado se percibe a través de los poemas. Una ausencia que llena y se reafirma como imperante.
“Sin el cuerpo, todo parece eternidad”, sentencia la autora, y agrega: “canto que canta el silencio/ cuando todo amor es memoria”.
Hay dos mundos que coexisten en esta historia, separados prolijamente por las sábanas, como si el dormir fuese un bálsamo para olvidar el dolor y la ausencia.
En esa realidad, Chemes escribe: “me abandono a la palabra/ como al consuelo de la voz”, y en la dura batalla que entabla se propone “quiero morir al miedo”, reemplazando al verbo matar, quizás consciente de que en ello le puede ir la vida y apuesta “o llaga/ o cuna”, como alternativas de dolor o refugio.
Busca la respuesta en la niñez, en una canción de cuna, pero asume la inexorable madurez: “crecerá vestida/ hasta que el traje se rompa/ y desnuda/ tenga que salir a vestirse”.

Sombras nada más

Sombras nada más
Luis Benítez
Ediciones Doble Hache, 2012
Novela, 160 pp.

por Rubén Sacchi

¿Qué tienen en común Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Osvaldo Soriano? Salvo que los tres hayan nacido bajo el mismo cielo y se hayan dedicado a la literatura, es difícil hallar otras similitudes. Claro que esa dificultad persiste si los cotejamos en las letras, pero un análisis que trascienda su expresión artística los ubicará, políticamente, en la vereda opuesta al peronismo. Los tres, desde diferentes ópticas, fueron críticos de ese movimiento que, con infinidad de vaivenes, aún atraviesa la escena ciudadana.
¿Por qué hago referencia a estos autores? Porque su fantasma, sin dudas, recorre estas páginas con más de un guiño del autor, y la mezcla sutil de sus climas es posible gracias a la maestría narrativa de Luis Benítez, poeta de la generación del 80 que, de tanto en tanto, derrocha las palabras ahorradas en la lírica para regalarnos una prosa ágil y adictiva, no exenta de un humor ácido que oxigena las situaciones más cargadas de dramatismo.
El maestro Borges aparecerá para abrir y cerrar la historia, una crónica de sangre con un cruce de cuchilleros que incluye ¿casualmente? a un tal Funes. “Aldao cayó de rodillas, sosteniendo todavía eso inútil en la derecha (...) Asombrado se quedó quieto y asombrado se murió”, es un párrafo digno de las cuerdas del Tata Cedrón.
La segunda parte de la historia es todo el andamiaje que sostiene la parábola con que comienza y acaba la novela; allí el existencialismo cortazariano da vida a personajes que danzan al compás de una necrológica: la muerte de Eva Perón, y un país que, a partir de su deceso, será otro, mientras los sueños de millones de argentinos se irán pudriendo, sin la posibilidad de ser embalsamados como el cadáver.
El resto, necesario nexo entre estas dos partes, será una road movie, con protagonistas de la picaresca vernácula, propios de las disparatadas historias que relatara el Gordo Soriano, por esos pueblitos inverosímiles del interior de la provincia de Buenos Aires.
Benítez define la novela como “del peronismo mágico”, concepto que suena a sarcasmo, si pensamos que el protagonista y narrador profesa ideas yrigoyenistas. Como sea, en la trama que urde las historias se entretejen veladas opiniones ­políticas, que el escritor desarrolla sutilmente y permiten una segunda lectura, más profunda e ideológica.

Bicho de luz

Bicho de luz
Jorge Dana
Paradiso Ediciones, 2012
Novela, 272 pp.

 por Rubén Sacchi

El novel autor de este volumen es cineasta. Su debut en el papel, sin embargo, debe sustentarse en una larga historia de guiones que le han
dado a su pluma la suficiente ductilidad para plasmar esta historia.
El trabajo, no deja de nutrirse de aquella disciplina. No ya en las fotografías que, como storyboard, acompañan estas páginas, sino que se evidencia en la minuciosidad de las descripciones, algo que convierte este libro en una obra cuasi visual.
Jorge Dana escribe su biografía. Lo hace como un racconto de su vida. Por allí desfilan personajes que lo marcaron y situaciones entrañables. Para quienes cargamos unos cuantos años, es inevitable conmovernos con esa pelota de goma, marca Pulpo, que solía colgar en bolsas de redecillas en los escaparates de quioscos y librerías y que comprábamos en grupo, rascando monedas del fondo de nuestros magros bolsillos.
Una ópera prima de buen nivel, de gran atractivo para los amantes del cine y el fútbol, máxime si de hinchas de San Lorenzo se habla, pero también ofrece una prosa cuidada, fresca y precisa, quizás debido a las sutilezas que los cineastas logran hacer con el montaje.

Los arrecifes de coral

Los arrecifes de coral
Horacio Quiroga
Editorial Punto de encuentro, 2012
Poesía, 136 pp.

por Rubén Sacchi

Horacio Quiroga es uno de esos autores reeditados hasta el cansancio. Sus obras se incluyen en variadas colecciones de literatura, ya sean argentinas, uruguayas o latinoamericanas. También fue traducido a diferentes idiomas y llevado al cine. Este caso es diferente. La edición que nos ocupa rescata una faceta poco conocida del gran escritor: la de poeta.
La obra solo vio la luz en dos momentos: en 1901, año de su primera edición dedicada a Leopoldo Lugones y en 1943, única reedición realizada en Uruguay. Con pésima recepción de la crítica, salvo honrosas excepciones, el libro quedó en el olvido.
Por fortuna, con estudios de Gito Minore y Stella Calloni, hoy accedemos a esta reimpresión, que viene a cubrir un bache inexplicable en el quehacer editorial.
El escritor Pedro Orgambide, su biógrafo, escribó que “la poesía fue para Quiroga un refugio, no una morada; un refugio demasiado frágil para albergar su vida”. Esas palabras encierran solo parte de la verdad, porque en realidad en la literatura no encontró su morada, como tampoco la halló en la locura o el ostracismo, por eso buscó más allá.