Aviones de papel

Aviones de papel
Ariel Aloi
Ediciones Septiembre, 2015
Novela, 64 pp.

por Rubén Sacchi

Tres advertencias resguardan este libro, sorteadas las cuales el lector puede sumergirse en los intrincados laberintos de la mente humana. Para que eso ocurra, la dosis de fantasía que posea esa persona debe ser suficiente como para comprender que la locura es un estado más de la percepción, a veces inocuo, otras dañino, pero no muy diferente de las distintas formas de eso que llamamos “normalidad”, entre las que contamos a quienes toman sol bajo un árbol o arrojan bombas sobre pueblos indefensos. La insania, entonces, sólo determina a qué mundo pertenecen tales o cuáles habitantes, mundos que por carencia de vuelo dividimos en realidad y fantasía, pero que coexisten y contienden pues, como dice el narrador, la tragedia “es el fruto más sembrado de todos los tiempos”.
Aviones de papel nos cuenta la historia de Antonino De la Vega, un hombre que elige ser verbo, de la misma manera que La Biblia nos cuenta el principio de Dios o, con mucha más humildad, la elección que hacen los hombres cuando valoran profundamente la palabra y asumen sus consecuencias. Antonino no elige cualquier verbo, sino el verbo amar; pero sucede que ese vocablo es tan amplio que incluye casi todo. Por ello, a través del personaje, denuncia la realidad de los hospitales y la salud pública; el avance de la ciudad sobre la naturaleza, pudiendo ver en un añoso árbol “la idea de la convivencia y de la usurpación”; la deshumanización de la enseñanza, donde la educación forma máquinas de oprimir y enriquecerse; la transformación del arte como propiedad privada. Se lamenta: “triste vive la humanidad”.
Antonino desea profundamente cambiar el mundo, es en su fuero íntimo un revolucionario cuyo predicamento transmite certeza y tranquilidad a quienes lo acompañan en la empresa. Pero sabe que un líder solo jamás podría con ello. En solitario, quizás lograría la necesaria transformación personal, que no es poco, pero a la postre resultaría egoísta y débil, el mejor resultado probable sería igual a una gota de perfume en medio de un estercolero. Consciente de esa realidad, valora a sus pares mientras comprende: “El uno es un número necesario para recordarnos en cada comienzo y en cada final que andamos aislados, perdidos, ciegos, sin el dos”.
El libro de Ariel Aloi es un pequeño compendio de poesía y lucidez; de amor y coraje que, a través de la metáfora de la locura, plantea la lucha entre dos mundos posibles: el de la libertad y el de la opresión. Con sencilla audacia se pregunta “si todo ya ha fallado ¿qué puede fallar?”, y es inevitable la asimilación de ese interrogante a la aseveración marxista, donde los esclavos en la lucha por su liberación, nada tienen que perder sino sus cadenas.
“Creo que, para su evasión, aprovechó una migración de pájaros silvestres”, escribía Antoine de Sant-Exupery en ese maravilloso libro sin edades llamado El Principito, tal vez el antecedente más cercano de la novela que hoy nos ocupa. Aquí, la fantasía de quienes buscan fugarse de su presidio acude a la papiroflexia, y en ella a la forma más sencilla y difundida en cada rincón del planeta: un avión de papel.
La novela, ilustrada por el artista plástico Jorge Gessaga y próxima a reeditarse en Guadalajara, México, es un vivo ejemplo de que las letras no son asunto de élite, sino de talento y voluntad.

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