Por culpa de la nieve

Por culpa de la nieve
de Alfredo Staffolani
Timbre 4, México 3443 – CABA
Domingos 17:00 hs. Hasta el 29/4/2018

por Eva Candendo


La escena transcurre en un lugar impreciso de Europa, durante un crudo invierno, en una casa bajo cuyo techo convive una familia, dos hermanos, una hermana, todos adultos, dos de ellos con sus respectivas parejas, y un padre recién salido de la cárcel. La nieve cae detrás del cristal de la ventana, pertinaz e impiadosa. Adentro, los personajes desgranan sus conflictos como un rosario de desdichas que juegan una y otra vez y de los que pareciera no quieren salir. Aquello que desata la acción es confuso, no se explica bien qué ilícito cometió el padre del que resultó víctima el yerno, pero esto desencadena la salida a la luz de insatisfacciones y miedos, de la hipocresía y el ocultamiento para continuar con la vida cotidiana, y mantener a la sombra los deseos más recónditos y quizá vergonzantes de cada uno. Los diálogos son la arena en la que se debaten esa necesidad de resolver y a la vez la máscara en la que se esconde. El racconto es el recurso narrativo elegido para la dramaturgia, del final de la historia hacia atrás, razón por la que sabemos de entrada que seguirán encerrados dentro de sí, dentro de la casa, echándole la culpa a la nieve, porque el que sale pierde (Adolfo tiene un accidente) o escudándose en la religión anglicana que profesan y que dos personajes femeninos se empeñan en remarcar. ¿Se puede detener la vida en una fotografía, la mejor de todas, la que más guste, para quedarse en ella y no enfrentar la realidad? Es imposible, y eso los hace dar vueltas como ciegos hasta que aparece alguien de afuera, que desequilibra aún más a algunos y otros lo toman como tabla de salvación, lo que les da respiro por unos instantes. Como corolario, uno de los personajes dice que la asusta todo lo que hay que recordar, remarca: “No hay nada peor que la memoria”.
Las actuaciones son acertadas. Para destacar es la música incidental en vivo, que marca los climas
otorgándoles mayor intensidad. Muy buenos los diseños audiovisual y lumínico, y el escenográfico, que aprovechó los desniveles del lugar, brindando dinamismo a la escena.
Alfredo Staffolani es un joven dramaturgo argentino con una sólida formación, de la mano de maestros
como Alicia Steimberg, Rafael Spregelburd y Alejandro Tantanian, entre otros, experiencia que, sumada
a su talento, le permite desplegar una variedad de conflictos, desde los de la más pura intimidad hasta
los sociales, de manera dinámica y consistente, poniendo en duda, como muletilla jocosa, que haya teatros en Argentina donde, afirma: “el capitalismo arrasó con todo”.


Elenco:

El padre: Alejo Mango
Adolfo: Nicolás Balcone
Blas: Juan Castiglione
Cristina: María Eugenia LópezWilly: Andrés Rossi
Katia: Laura Santos
Ruth: Paula Staffolani

Equipo:

Producción general: Fabio Petrucci
Asistente de Dirección: Julián Merensztein
Diseño de Vestuario: Laura Staffolani
Diseño Audiovisual: Valentín Piñeyro & Ailín Formia
Diseño Lumínico: Claudio del Bianco
Diseño de Escenografía: Esteban Siderakis
Diseño Sonoro: Adolfo Soechting
Diseño Gráfico: CHACO
Dramaturgia y Dirección: Alfredo Staffolani
Prensa: Marcos Mutuverría

Nunca llega a amanecer

Nunca llega a amanecer
Jorge Andrade
Ediciones Deldragón, 2017
Cuento, 178 pp.

por Rubén Sacchi

Acostumbrado a las novelas de profundo contenido social de Andrade, este nuevo volumen de cuentos muestra a un autor de temática abarcadora, aunque no por ello de lectura relajada. La mirada que tienen los relatos es más íntima, apuntan al sujeto en su esencia y su particularidad.
El cuento que da nombre al conjunto lo sintetiza. La fantasía es sólo un ardid, una alegoría de la soledad y la vida. También de la muerte. Y en ese terreno transcurren las historias que lo conforman. Las habrá con final trágico, como en Lluvia, o perverso, como en Amor en braile; será fantasioso, en Vuelo AZ-0666, o abierto en El nadador y el perro, pero todas exhiben una pluma sensible, que sabe delinear la esencia humana en su más amplio abanico.
Aunque no aborde conflictos universales, su escritura no es aséptica. Toma posición y compromiso desde desarrollos filosóficos que ponen a la luz el vacío de la existencia. En Ajeno, texto duro como una piedra echada en el abismo del alma, reflexiona: “la nostalgia omnipresente, algo así como la percepción invertida del presente absoluto de Dios, la ausencia absoluta”.
Es que Andrade es un escritor de ideas seguras y las juega en sus trabajos, tal como los estudiantes de su oscuro cuento Viajeros en la caverna “vociferaban declaraciones de principios que los comprometerían para toda la vida”.

Archivo Dickinson

Archivo Dickinson
María Negroni
La Bestia Equilátera, 2018
Poesía, 88 pp.

por Rubén Sacchi

Emily Dickinson fue, quizás, la poeta más importante de Estados Unidos, compartiendo ese honor con un breve puñado de hombres. Su vida transcurrió prácticamente puertas adentro e incluso ajena al entorno de relaciones de la familia, pero ese ostracismo, quebrado sólo por su abundante correspondencia, era iluminado por una poesía escrita en soledad. La vida y su trascendencia y las vicisitudes del amor fueron tópicos abundantes en sus versos, sin que a su través pudiera conocerse su vida privada, más allá de las especulaciones. Negroni arriesga: “¿Con qué alarido mudo iré al encuentro de quien no pudo ser?”.
La autora aborda una tarea difícil: ponerse en la piel de la poeta a través del Archivo Dickinson, y sale airosa. Su pena de amor describe al mundo como un mar inmenso, donde apagar el fuego quemante del dolor y pone en los labios la zona erógena por excelencia y al cuerpo como límite y refugio de lo íntimo, “una jaula que el deseo engendra, como una herida de la gracia”. Promete “no amar la falta, hasta que la boca esté llena de lo que no fue”.
No descuida la pasión por la botánica que desarrollara la poeta, y exhibe al jardín como una presencia constante. Semejante a un bunker, cual espacio inalterable de resistencia y último bastión. Allí la vida explota “con pasmosa impertinencia”.
Si bien Emily rechazó la consagración religiosa, sus trabajos están impregnados de la contradicción cuerpo-alma, reflejada en el Archivo... donde “la sellada iglesia del cuerpo” pone en juego la “adoctrinada eternidad”, y la muerte, vista como punto final, susurra “No estar sino ir, hacer que las cosas crezcan y se completen con su propia falta”, para agregar: “Nada más ocurre. Apenas unos trazos en la calle efímera y no quedan ni el deseo ni la idea del deseo”.
Estamos frente a un gran trabajo de aproximación a la poeta, a ese universo sórdido donde “hay por ningún lado a donde ir, ningún alfabeto que sirva”, mientras “Dios, en el rincón, reparte premios, globos, cicatrices”.

Fábricas de músicas

Fábricas de músicas
Marina Cañardo
Gourmet Musical Ediciones, 2017
Ensayo, 312 pp.

por Rubén Sacchi

Uno de los recuerdos más caros de mi infancia es la quinta de mi abuelo. Un terreno de los de antes, esos de 10 x 50 mts., sembrado con toda clase de verduras. Al fondo, un níspero estaba rodeado de una montaña de escombros y deshechos varios. Entre ellos, lo que luego supe que era, la bocina de un gramófono.
Con los años, pude conocer los aparatos que nos regalaban su mística y para los que no se necesitaba contar con instalación eléctrica. En aquellos artefactos, o en las victrolas, escuché los primeros discos que mi padre hacía sonar. Esos de pasta, de una o dos canciones por lado. Con las reproducciones, la música se acompañaba de un ruido de fondo, tan particular, que aún hoy puedo recordar.

En este ensayo, Marina Cañardo evoca los primeros pasos de la industria discográfica vernácula, desde el establecimiento, en 1919, de Odeón hasta el gran desarrollo de los años 30. Dos décadas en las que se prensaron miles de títulos, que hacen a nuestra historia musical y afirma que “la fijación física del sonido lo volvió tangible y acumulable por primera vez”.

Profusamente documentado, el ensayo es un trabajo de investigación exhaustivo e impecable. Hoy, a cien años del comienzo de aquella carrera, aún giran aquellos ejemplares, haciendo eco a las palabras de Julio Cortázar: “...a Gardel hay que escucharlo en la victrola, con toda la distorsión y la pérdida imaginables; su voz sale de ella como la conoció el pueblo que no podía escucharlo en persona, como salía de zaguanes y de salas...”

Prisionera



Prisionera
Gabriela Alfie
Editorial Vinciguerra, 2017
Novela, 328 pp.

por Rubén Sacchi

No siempre un final abierto resuelve la historia. En ésta, valga la oposición, cierra adecuadamente y permite al lector elaborar el resto del devenir de Laila, que ya no es Emilia, un remanente de cuestiones no menores, pero que dejan a la autora centrarse en su principal objetivo: el terrorismo de Estado y, dentro de ese infierno, en la apropiación de niños por parte de los ejecutores de ese plan macabro.
Bajo esa pauta, el libro trata de la identidad. No sólo la que hace a la pertenencia familiar, sino también a la que nos une a una nación ancestral. Ese conocimiento del yo, indispensable para desarrollarnos como individuos, “...como si nunca antes hubiera percibido todo ese cuerpo y, ahora, lo reconocía en forma desenfrenada”.
Inevitablemente, aborda la trilogía inseparable de Memoria, Verdad y Justicia. Mientras la primera se va construyendo colectivamente, con todo el dolor de un parto, la segunda se revela “como si la espesura de lo inexplicable estuviese construyendo (...) una verdad agazapada durante toda una vida”. En cuanto a la justicia, las circunstancias actúan previas a la intervención humana que, sin embargo, es la única que puede saldar el balance histórico.
Gabriela Alfie delinea un personaje sólido en su lucidez, que arrastra las contradicciones propias de quien vivió engañado y moldea la construcción de un imaginario que lo induce a la negación. Muy interesante para tener en cuenta en estos tiempos en que el discurso hegemónico crea verdades donde no las hay y oculta hábilmente la mentira. Algo así como lo que ocurría en aquellos años oscuros.

El otro lado

El otro lado
Alfred Kubin
La Bestia Equilátera, 2017
Novela, 280 pp.

por Rubén Sacchi

Reza un viejo proverbio árabe: “Si en la tierra hay un cielo, es éste, es éste, es éste”. Desde los tiempos más remotos, el hombre buscó un lugar idílico donde transcurrir sus días pero ¿existe el paraíso en la Tierra? Como respuesta, otra máxima de la cultura popular nos recuerda que “el sueño hecho realidad nunca es igual a la realidad que se soñó”.
Tal vez el ser humano pueda vivir apartado de los adelantos tecnológicos. Diferentes grupos lo intentaron con mayor o menor suerte, pero todos tenían un objetivo unitario. El reino soñado propone una Babel cultural demasiado diversa para la convivencia, donde sus actores deben manejarse por parámetros aleatorios en medio de una economía precaria, casi de trueque y sin progreso alguno. Todo se repara o se surce, pero este ideal anticapitalista se encuentra sumido en una burocracia kafkiana y se edifica sobre oscuras fuerzas que amenazan su subsistencia.
El protagonista de El otro lado, se arriesga en esa búsqueda, en el convencimiento de que “la paz verdadera solo llega cuando ya no hay sendero para caminar”. En ese tránsito busca su edén pero, en el derrotero, terribles pérdidas lo acometerán en medio de un escenario que remeda la célebre obra de El Bosco, El jardín de las delicias.
Enmarcada en la novela utópica, la obra expone una visión filosófica acerca de la construcción de una sociedad que rompa con los patrones establecidos y se manifieste opuesta a los paradigmas consumistas. Sin embargo, su pronóstico no se muestra alentador. Quizás por ello, hacia el final, Kubin cita a Julius Bahnsen: “El ser humano es apenas una nada conciente de sí misma”.
Será que toda constructo debe hacerse a sabiendas de que hay otros mundos posibles pero que, necesariamente, están en éste.

Esa mueca siniestra de la suerte

Esa mueca siniestra de la suerte
Angela De Sensi
Umbrales Ediciones, 2017
Novela, 155 pp.

por Rubén Sacchi

Si “Dios no juega a los dados”, como gustaba decir el científico Albert Einstein, las matemáticas que rigen la Ley de Probabilidades demuestran que todo puede ocurrir, siempre y cuando los elementos participantes ocurran en coincidencia. En esa curva azarosa coinciden los protagonistas de Esa mueca siniestra de la suerte de manera inocente sin intuir que, tras esa partida, sus vidas cambiarán radicalmente.
La familia, el matrimonio como su base de sustentación y la fidelidad son los tópicos disparadores de la historia. El origen de la familia puede hallarse en un sistema patriarcal y una cultura represiva, para preservar e incrementar privilegios y patrimonios. La única manera de que una mujer pueda sortear esa barrera es logrando su independencia económica. No es el caso de Nina, una joven estudiante, de ideas liberales, pero que goza de una sólida posición junto a un exitoso abogado.
La autora escribe: “Hay que inyectarse cada día de fantasía para no morir de realidad”, y en ese espacio ideal todo parecerá funcionar de maravillas, hasta que aquella maldita ley esboce el gesto gardeliano que lo oscurezca todo.
La novela, bajo el formato de un policial, interpela acerca de lo que une a las parejas, la lealtad que refuerza ese vínculo y las consecuencias de sostenerlo más allá del amor y del deseo. Una frase de Frida Khalo expresa las secuelas que produce la ausencia de sinceridad y el consecuente engaño: “lo más triste de una traición es que nunca viene de un enemigo”.

Secreta

Secreta
Lucila Cornejo
Editorial Vinciguerra, 2017
Novela, 360 pp.

por Rubén Sacchi

La autora se mueve en el mismo ambiente que en su anterior novela, Descalza, de lo que puede deducirse que se siente cómoda en ese mar amniótico que es la clase acomodada donde los seres humanos sufren iguales disyuntivas existenciales, con la diferencia de que no todos disponen de tiempo y recursos para atenderlas.
Mercedes, la protagonista, es una mujer adulta pero joven, en la que se manifiestan rasgos de lo más desagradables: egoísmo, ambición y ansias de poder. Si define al país, adhiere a las palabras de su madre: “estamos así porque en el fondo nadie quiere trabajar”. Por lo demás, derrocha un aire discriminador a cada paso, evidenciando una estética que privilegia a los “lindos” que, obviamente, son rubios y un doble estándar en el que el jefe con la secretaria es un viejo verde, pero no así el polista con la pequeña adolescente.
Su ideal de vida se vino en picada desde que su marido la abandonó con la hermana de su mejor amiga y un par de bebés mellizos, sin que mediara música de tango. A partir de allí, y tras la pérdida de su empleo, encuentra asidero económico en un misterioso personaje, mezcla de galán y cafishio, que la maneja a tiempo completo a cambio de muy buena paga, empleo que no dejaría “ni siquiera por sus hijos”.
Bajo el lema “A los ricos, el deber de lo bello, si no, merecen morir”, desea el mundo como un lugar “más estético” sin aclarar desde qué parámetros, hasta que se da cuenta que ese escenario es de “cartón pintado”. Mediante ese clic y tras una serie de fuertes acontecimientos, hay un giro en su pensamiento que busca una alternativa a su vieja visión de “todo a fin de cuentas en esta vida es negociable”.

Los monstruos más fríos

Los monstruos más fríos
Estética después del cine
Silvia Schwarzböck
Mardulce Editora, 2017
Ensayo, 368 pp.

por Rubén Sacchi

Si en cine se habla de monstruos, las memorias cubiertas de más canas pensarán en Drácula, Frankenstein o el célebre engendro que habitaba la laguna; mientras las mentes más jóvenes se remitirán a Godzilla, Freddy Krueger o la aggiornada versión del gorila King Kong. Pero no, el ensayo de Silvia Schwarböck nos muestra que todos ellos, por temibles que parezcan, son seres de sangre caliente. Queda pues un lugar que ocupar, el del más frío de todos los monstruos fríos, y le corresponde al Estado.
Podemos, entonces, decir que el libro habla de la historia del cine, pero en su relación con el aparato de Estado y no lo hace de manera abstracta, sino en toda la interacción con otras artes e inserto en el contexto social que lo produce y percibe a través de la historia.
El trabajo muestra al cine no solamente como un hito en la historia del arte, que cambia la forma de percibirla y difundirla, sino como un elemento disruptivo que influye y modifica a los demás géneros. Si bien en su prólogo aclara que “un sujeto actúa como público cuando espera del arte aquello que le falta a la vida”, rescata la mirada soberana del espectador y analiza todo lo que atraviesa su psicología, concluyendo que la autoalienación de la humanidad “ha alcanzado tal grado que le permite vivenciar su propia aniquilación como goce estético”.
Los monstruos... es un ensayo de gran profundidad filosófica que analiza al cine como herramienta de formación, sus diferentes desarrollos (estético y político) y la actitud de los intelectuales que lo producen y cómo se definen frente a los sistemas de reproducción y difusión.
El cine, un arte del Siglo XIX lleva dos centurias de transformación permanente ¿hasta dónde llegará? La autora concluye:“Los límites del arte los pone siempre la sociedad”.

Saigón

Saigón
Lulú Fernández
Ed. de la Univ. Nac. de La Plata, 2016
Cuento, 100 pp.

por Rubén Sacchi

Las elecciones nunca son azarosas. Escoger Saigón, como metáfora de lo exóticamente lejano, es todo un símbolo. Aunque la generación a la que pertenece la autora no es contemporánea de la gesta vietnamita, ni de The Berkeley Barb. Esa ruptura de lo que aparenta ser inalterable; ese choque de culturas y sistemas, o sea de intereses, se deja ver en estos relatos impiadosamente descarnados. En esa historia central, Fernández contrapone dos aparentes opuestos que no son tales; dos pueblos que combaten entre sí, bajo el designio de una voluntad omnipresente y destructiva: el capitalismo.
Con un buen manejo de los escenarios, en los que despliega gran conocimiento de los lugares más disímiles, su prosa no puede ocultar su formación cinematográfica. Entre oraciones cortas como tomas rápidas, utiliza sus recursos: el travelling en Felices vacaciones; el fundido a negro en Hoy me matan; la cámara lenta en Kai Ming o el cuadro a cuadro en Tango. Todo bajo la agilidad de un buen montaje y los mínimos detalles del guión literario.
En los cuentos hay parte de crueldad, algo de tragedia y mucho de humor negro. Sin embargo uno, Los primos segundos, destila maravilla. Sobrevuela la fantasía necesaria para bajar las cargas antes de abordar Mario y chapa, un fresco social crudo “Sale de su casa con un pedazo de pan humedecido en la mano. Le encantaría salir con un llavero. Guardarlo e inmediatamente dudar si cerró”.
No es un libro suave. Abarca los posibles de la vida misma, esos que hay que recorrer inevitablemente, porque “en el mar no existen los atajos”.

El gallo cantor, cantata


El gallo cantor, cantata
de Juan Gelman y Juan Cedrón
Teatro El Popular
Chile 2080, CABA

por Rubén Sacchi

Corría el año 72 y la dictadura de Lanusse moría matando. La creciente conflictividad social y política había puesto en jaque los sueños de uniforme, pero no iba a ser tan fácil para las mayorías populares recuperar el poder. Como botón de muestra, la masacre de Trelew, el 22 de agosto de ese año mostraba el grado de ferocidad que la bestia, aún herida de muerte, era capaz de desplegar. Una clara muestra de su poderío y a la vez un ensayo de lo que vendría años después.

En ese contexto, el nombre Juan cobraba su dimensión apostólica: Juan Cedrón y Juan Gelman componían la Cantata del gallo cantor, denunciando los crímenes, reivindicando el combate y proclamando, como bandera: “Nadie detiene la Revolución”.


Las cinco pistas que integraban el vinilo eran una sola pieza, sólida e indivisible. Unica y perdurable, como lo es la memoria popular.

Si “veinte años no es nada”, ¿qué son 45? Es que ese es el tiempo que el Tata se tomó para reelaborar la obra, distante de aquella primera versión interpretada y grabada en París por el Cuarteto junto al contrabajista francés François Rabat, Paco Ibáñez y Jaime Torres. Con otra inmediatez, tan urgente como entonces, porque hoy también la democracia sangra y el pueblo pierde a sus hijos necesarios.

Como bien lo define Tomás Bradley, integrante de La Lija, esta versión viene a restañar una zanja abierta entre las generaciones de los 60/70 y la presente, porque integra al Cuarteto Cedrón con ese grupo musical, una banda de músicos jóvenes con viejos compromisos e impronta. El resultado: un disco fresco, de puro arte pero con la dureza y profundidad de aquella grabación histórica.

Del Cuarteto Cedrón no hace falta hablar demasiado. Es icono insoslayable de la música popular y tanguera; también del artista comprometido. La Lija, haciendo honor a su nombre, despliega su enorme talento de manera uniforme, como si lo hubieran frotado con ese papel abrasivo, pero además poseen esa aspereza propia de la vida, de la que hablan sus temas que, pese a ocupar una buena porción del espectáculo, ameritan un show aparte.

Tres momentos transcurren sobre el escenario. Las interpretaciones de La Lija y el Cuarteto Cedrón por separado y un final con la Cantata… a toda orquesta. Un derroche de maestría y versatilidad, de emociones y fuerza. Esa fuerza tan necesaria para alimentar la esperanza en este aciago presente.

CUARTETO CEDRON:
Juan Tata Cedrón: guitarra, voz
Miguel Praino: viola
Miguel López: bandoneón
Daniel Frascoli: guitarrón
Josefina García: violoncello

LA LIJA:

Juan Botello; Sebastián Bradley; Paula Bradley; Tomás Bradley; Florencia Cosentino; Francisco Fernández Sobrino; Nicolás Galpasoro; Federico García; Sergio Iriarte; Ignacio Savid (Arpa, mandolina, bandurria, guitarra, contrabajo, cuatro, piano, violín, viola, acordeón, percusión y voces).

Prensa: Pintos & Gamboa

Amanda y Eduardo



Amanda y Eduardo
de Armando Discépolo
Teatro El Tinglado
Mario Bravo 948, CABA
Miércoles 21: hs.

por Eva Candendo

Cuando en 1931 se estrenó en Barcelona Amanda y Eduardo, España vivía la euforia de la República, con el entusiasmo de un futuro promisorio en lo económico y en lo social. Las mujeres, hasta ese entonces, estaban sujetas al yugo del hogar, rol impuesto por la sociedad y alentado por el estado y la iglesia católica. Al año siguiente pudo ser apreciada en Buenos Aires, donde las condiciones de vida femeninas no le iban en zaga a la de sus pares españolas, tanto, que por aquellos años en las libretas de casamiento donde se colocaba la profesión de cada cónyuge, en el de la mujer se escribía: “quehaceres propios de su sexo”. Las opciones eran pocas: amas de casa si su marido ganaba lo suficiente para mantener el hogar; si no era así, lavar ropa ajena, coser o trabajar en una fábrica. A éstas se las llamaba despectivamente fabriqueras.


Amanda y Eduardo, un idilio en nueve cuadros, alejado del grotesco al que acostumbraba Armando Discépolo, es una obra en la que se ahonda en la psicología femenina de la época pero que la trasciende, porque aún hoy es una constante el desdoblamiento de la mujer entre su deseo y el deber para con los demás. Discépolo escribió este personaje profundo e intenso con gran conocimiento del tema. Amanda, joven y linda, vive con un viejo al que no ama pero que la halaga y, sobre todas las cosas, mantiene a su familia. Se convierte en esclava del deseo y la necesidad ajenos, dejando fluir las circunstancias hasta que aflora el suyo propio encarnado en la figura de Eduardo, joven periodista, pobre y casado. A partir de ahí se debatirá entre ser ella misma o continuar en el falso altruismo de darlo todo por el bienestar de su familia. Se juegan los valores de una sociedad que impone roles y donde las mujeres, sin alternativas por la falta de preparación para otra cosa, transitan su degradación, convirtiéndose en objeto desechable. El “buen juicio” que impone la miseria lleva a la inmolación propia y de aquella a quien dicen amar.

El elenco recorre la dramaticidad del texto con amplia solvencia, demostrando cabalmente la monotonía de la vida sin salida, gritando por momentos la angustia en una reacción que rápidamente se apaga ante lo inexorable. Muy buenas actuaciones, destacándose los protagonistas y el histrionismo de Mirtha Alicia Oliveri, quien arranca francas carcajadas, en el rol de Doña Flora, la madre de Amanda. Excelente el bandoneón en vivo, a cargo de Martín Alfredo Martínez, que ayuda a crear el necesario clima íntimo de la obra. Buenas también la escenografía y las luces.


Elenco

Laura Cañón: Amanda
Fernando Arsenian: Eduardo
Muriel Rebori Mahdjoubian: Elena
Mirtha Alicia Oliveri: Doña Flora
Roberto Scandizzo: Don Ramiro
Federico Shortrede: Leonardo
Martín Córdoba: Micho
Ayelén Garaventta: Elvira
Bandoneonista en vivo: Martín Alfredo Martínez

Equipo:

Vestuario: Celina Barbieri
Realización de escenografía: Camila Tomietto
Diseño de luces: Marcelo Zitelli
Diseño Gráfico: Ayelén Garaventta
Fotografía: Lucía Maricel Vega / José Ignacio Castro
Prensa: Duche&Zárate
Asistente de dirección: Carla Velásquez
Dirección: Marcelo Zitelli

Cuaderno del pirómano

Cuaderno del pirómano
Agustín Campos
De los Cuatro Vientos Editorial, 2017
Novela, 86 pp.

por Rubén Sacchi

Todo hecho artístico habla mucho de su creador, sea por similitud o por antonimia. Sin ser un diario íntimo ni un cuaderno de bitácora, Cuaderno del pirómano se me antoja semejante a lo que el autor escribe de Clint Eastwood por su película Los imperdonables: es un lugar donde poder dirimir sus problemas morales, bajo el manto protector de la ­ficción.
Pese a lo oscuro de la historia, es una novela fresca que transita por un tramo de la vida de Nicolás Costas, un joven que se busca a sí mismo en ese laberinto llamado juventud, plagado de minotauros y en la total ausencia de un hilo de Ariadna que lo guíe a la salida.
Si bien el nudo se presenta como un caso policial, la historia habla de otra cosa. Trata de la complejidad que atraviesa la juventud en una sociedad decadente, con pocas imágenes concretas y abundantes espejismos y de cómo la enfrenta alguien inquieto y cuestionador.
Entre infinidad de citas literarias y fílmicas con las que se acompaña el relato, todo va marchando hacia la paradoja. Los distintos actores se conjugan de manera tal que el final se precipita de acuerdo a un concepto vertido al inicio: “La información hoy siempre nos llega mediatizada, al punto de que a veces llego a creer que a lo mejor lo real ni siquiera existe”.